1 de octubre de 2008

Nación, Nacionalismo y Posmodernidad

Claudia Madrid Serrano*

Introducción
En medio de un intenso debate sobre el resquebrajamiento de los estados-nación, y de la constitución de un discurso fundado en la realidad global o trasnacional, la discusión sobre éstos parece agotada, más por el terreno de los hechos que de los acuerdos. En efecto, todo pareciera apuntar a que en la medida en que han entrado en una profunda crisis que está resultando en su progresiva desaparición, es trabajo improductivo, poco popular y no rentable pensar y discutir sobre la nación y las maneras en que vivimos en ella; si bien la teoría construida al respecto coincide en ciertos elementos conceptuales, abundan las diferencias.
Sin embargo, me parece que justo porque hoy se les mira como evento del pasado o en el mejor de los casos, su existencia está condicionada a su plena inserción en el orden mundial y a su capacidad de apertura, es necesario repensarlas, así como también al proceso histórico en el que se establecieron sus condiciones de posibilidad. Todo ello a la luz de la redefinición cultural de entonces y de ahora.
Este es el sentido del presente trabajo.

I. Sobre la nación y el nacionalismo
Estamos tan acostumbrados a vivir y pensarnos como parte de una nación que suponernos fuera de ella, ahora o en el futuro, sacude nuestra perspectiva de la vida. Como bien apunta Gellner (1998) "un hombre sin nación, no admite un encuadramiento en las categorías condicionadas y mueve a rechazo."
No obstante, venimos aceptando de muy buen gusto la idea de la ineficacia de las fronteras y la necesidad de convertirnos en “ciudadanos globales”. Pero, en realidad ¿se ajusta este criterio en nuestro pensar y hacer cotidiano?
Aceptamos la diversidad cultural considerando que ésta nos pone frente al mundo desde un lugar diferente, pero sigue siendo punto de encuentro el ser mexicano, argentino o chileno. En medio de las vicisitudes del subdesarrollo y del ruborizado reconocimiento del pasado indígena, en la medida en que nos movemos en “territorio nacional” sabremos que –más o menos indígena, más o menos moreno, mulato o negro- somos compatriotas. Ante la visita de extranjeros o en el encuentro con ellos en un paseo, nos complace el hecho de darles una muestra de “la comida mexicana”. Y ante actos vandálicos contra la bandera o alguno de los monumentos de los “héroes nacionales” experimentamos cierta afrenta a nuestro “honor nacional”.
Hechos todos que denotan la profundidad con que hemos naturalizado la pertenencia a la nación, aún cuando tiene una implicación claramente política, tal como anota Benedict Anderson (1993) la nacionalidad es el valor más universalmente legítimo en la vida política de nuestro tiempo.
En este contexto, ¿Qué definición nos permitirá pensar a la nación, al mismo tiempo que entender el fincamiento del nacionalismo, como valor universal, legitimado y sentido socialmente?
Citando nuevamente a Anderson, (1993) la nación y el nacionalismo son artefactos culturales de una clase particular, de modo que para entenderlos habrá que considerar cómo han llegado a ser en la historia, en qué formas han cambiado sus significados a través del tiempo y por qué en la actualidad, tienen una legitimidad emocional tan profunda.
Así pues siguiendo este camino haré una breve revisión de la forma en que lo traza Anderson y Gellner.
Anderson (1993) señala que la creación de dichos artefactos a fines del siglo XVIII, se dio a través de la destilación espontánea de un complejo cruce de fuerzas históricas discretas, pero una vez dadas, se volvieron centrales y con capacidad para ser trasladados, con grado variables de autoconciencia, a diversos terrenos sociales y mezclarse con distintos referentes políticos e ideológicos. Define a la nación como una comunidad política imaginada inherentemente limitada y soberana.
Es imaginada porque sus miembros no se conocerán entre sí, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión.
Es limitada porque incluso la mayor de ellas, tiene fronteras finitas, aunque elásticas más allá de las cuales se encuentran otras naciones.
Se imagina soberana, porque el concepto nació en la época en que la Ilustración y la Revolución estaban destruyendo la legitimidad del reino dinástico, ordenado por la divinidad.
Y se imagina como comunidad porque se concibe siempre como un compañerismo profundo y horizontal.
Y es a partir de esta fraternidad, que se han permitido y promovido millones de muertes. Su pregunta entre ello es, ¿qué subyace en el fondo de estas muertes, producto de la imagen nacionalista? Un elemento para dar la respuesta, son las raíces culturales del nacionalismo.
Ante los emblemas de la cultura moderna del nacionalismo sugiere la afinidad con imaginerías religiosas y entre ésta y el nacionalismo: la muerte.
La permanencia de la muerte lleva al hombre a mantener también presente en forma constante la conciencia de su contingencia, presente como preocupación central en las religiones, ofreciendo como respuesta el destino y la inmortalidad. Así el siglo XIII con su racionalidad trajo consigo el declinamiento del pensamiento religioso y poniendo en contrapartida como una transformación secular de la fatalidad en continuidad, de la contingencia en significado, todo ello plasmado en la idea de nación. Lo que según Anderson, significa que el nacionalismo es entendible si se la alinea con los grandes sistemas culturales que le precedieron, de los que surgió como oposición. A lo que se agrega el cambio en lo modos de aprehender el mundo que permitieron “pensar” a la nación. En los que destaca la concepción de la historia como una cadena interminable de causa y efecto, y de la separación o conjunción entre el pasado y el presente, visualizados en la novela y el periódico como forma de libro y el mercado.
Por un lado, la novela permite la visualización de vidas interconectadas en el inmediato, no separadas espacial y temporalmente.
Por otro lado, la presencia del periódico convierte a los sujetos en lectores diarios conectados e informados entre sí, lo que confirma el continuo del mundo imaginado, arraigándolo en la vida cotidiana.
En cuanto a la relación entre el libro y el mercado, se refiere a que el desarrollo de la imprenta como una mercancía es la clave para la generación de ideas nuevas y simultáneas, que facilita la comunicación “horizontal-secular, de tiempo transverso”. Y que hace a la nación un hecho popular.
En este suceso se hace patente la presencia del capitalismo.
Siendo la imprenta una empresa capitalista, la búsqueda de mercados la lleva a ampliar sus horizontes regionales mientras que al mismo tiempo, la penetración de un mercado que estuviera más allá de la Europa alfabetizada. De modo que una vez saturado el mercado elitista del latín (lectores de élite europeos) se abocó a los mercados de las masas monolingües, que a su vez dio un impulso a las lenguas vernáculas. Impulso que contribuyó a la formación de la conciencia nacional en dos sentidos:
a) La repercusión de la Reforma, que a su vez debía en parte su éxito al capitalismo impreso[1].
La alianza entre protestantismo y capitalismo explotó las ediciones baratas y creó grandes grupos de lectores, particularmente entre comerciantes y mujeres y al mismo tiempo los movilizó para fines político-religiosos.
b) La difusión lenta y geográficamente desigual de las lenguas vernáculas como instrumentos de centralización administrativa. Lo que implicó la elevación de esas lenguas a una posición de poder, siendo en cierto modo competidoras del latín y contribuyó de manera importante a la decadencia de la comunidad imaginada de la cristiandad, dando lugar a la instalación de la otra: la comunidad nacional.
Según estas consideraciones el autor afirma que la interacción entre lo que llama fatalidad de la lengua, la tecnología y el capitalismo contribuyo a la definición de los estados nacionales y a la conformación de la conciencia nacionalista.
Revisemos ahora la posición de Gellner (1991).
La nación es vista como una forma de organización social propia de las sociedades industriales, y es ésta la que engendra las condiciones técnico-intelectuales que la hacen posible.
Para este autor la humanidad ha pasado por tres etapas fundamentales en su historia:
a) preagraria
b) agraria
c) industrial
Pero sólo en la última, se crearon las condiciones que dan pie a los estados nacionales.
En la primera, compuesta por grupos de cazadores-recolectores eran tan pequeños como para permitir el tipo de división política del trabajo que constituye el estado, así el interior de ellos no se plantea la cuestión del estado como una institución especializada y estable que mantenga la sociedad en orden.
En las sociedades agrarias, especialmente las que alcanzan una alfabetización, han tenido un estado, pero éste aparece como una opción, pero su organización social no propicia el principio nacionalista, toda vez que están separadas entre sí horizontal y verticalmente por profundas diferencias sociales.
Sólo en las sociedades industriales no existe opción: el estado es ineludible, lo que trae aparejado el problema del nacionalismo. "Su inicio significa explosión demográfica, urbanización acelerada, migración laboral y penetración de una economía mundial y de un gobierno centralizador –penetración económica y política, por tanto- en unas comunidades hasta entonces más o menos introvertidas."[2]
Un factor que se da en el seno de la transformación hacia la sociedad industrial es la unificación de las ideas en sistemas continuos y unitarios, resultado de la nueva concepción del mundo como algo homogéneo, sujeto a leyes sistemáticas e indiscriminadas y abierto a la exploración de inagotables posibilidades. El mundo entonces se presenta como moralmente inerte y unitario.
Esta sociedad que depende del crecimiento cognitivo y económico constante necesitó de un poder centralizado, de la división social del trabajo compleja y siempre y acumulativamente cambiante. En ella es posible el nacionalismo.
En la medida en que depende del crecimiento hace necesaria la movilidad social y la alfabetización generalizada que permita el suministro de la mano de obra adecuada y profesionalizada para los grados de especialización que la división del trabajo conllevará. De ahí que el acceso a la educación[3] se presente como condición indispensable para lograr el progreso, concepto inventado en la era industrial.
Asimismo, en una sociedad altamente móvil y en crecimiento constante, la figura del estado se refuncionaliza, ahora éste se encargará de proteger a una cultura, pero no a la cultura en general sino a una cultura que se asiente en esta nueva sociedad.



II. Nacionalismo y cultura
¿De qué forma se produce esa cultura?
Gellner (1991) nos dice que la humanidad llega a la era industrial con unas instituciones culturales y políticas que no estaban a favor del nacionalismo. Acomodarlas a los imperativos de la nueva sociedad resultó ser un proceso turbulento.
La pieza clave en dicho proceso fue la alfabetización generalizada para una sociedad movible y estandarizada culturalmente, pues sólo bajo estas condiciones puede funcionar un estado industrial moderno, que sólo puede ser ofrecida a través de un sistema educativo nacional moderno[4]. Además tendrá como objetivo la generalización de una cultura que sea aceptada concientemente por el ciudadano moderno dentro de él, al nacionalista moderno quien quiere concientemente identificarse con una cultura.
Un hecho que se destaca es la relación entre el nacionalismo y la Reforma, toda vez que ésta insiste en la alfabetización y en la escritura (el establecimiento de escuelas populares en amplias regiones europeas) su individualismo y sus vínculos con las móviles poblaciones urbanas, son factores que la convierten en algo que presupone caracteres y actitudes sociales que producen la era nacionalista.
De esta manera se sostiene que bajo el estado nacional moderno o industrial, en la base del orden social no está ya el verdugo sino el profesor. El símbolo y principal herramienta del poder del estado no es ya la guillotina sino el doctorado del estado. Actualmente es más importante el monopolio de la legítima educación que el de la legítima violencia.
La estandarización de la cultura presupone la destrucción y olvido de las otras culturas que pasan a ser parte del pasado encerrado en los museos.
Esta homogenización significa también que la relación entre cultura y política cambia, una cultura avanzada impregna toda la sociedad, la determina y necesita el apoyo de una política. Ese es el secreto del nacionalismo.
Ahora bien, la estandarización y homogenización cultural, sostiene Gellner, tiene su contraparte en la igualación de los sujetos, en parte por las necesidades ocupacionales técnicas de la industrialización, pero también como condición político-cultural necesaria al nacionalismo y en el cual los medios de comunicación encuentran un lugar de relación necesaria.[5]
Finalmente puedo indicar que en cuanto a la relación existente entre cultura y nacionalismo, si bien Anderson y Gellner mantienen una diferencia en cuanto a la manera en que definen a la nación (diferencia que abordo más adelante), la manera en que ésta se fue dando, obedece a factores en ellos coincidentes. La percepción del mundo que cambia de una explicación divina y bajo un principio teológico a la de una explicación racional empirista y científica; el segundo aspecto, es la Reforma en ciertos sentidos:
- Por su insistencia en la alfabetización
- En su relación con la imprenta capitalista que genera el acceso cada vez más en forma masiva al conocimiento de las ideas y a la legitimación social de las lenguas vernáculas.
- Por la promoción del sentido individualista
Hasta aquí podemos contar con dos posturas sobre la nación y el nacionalismo, me interesa pasar ahora a discutir brevemente la manera en que hoy se mira el mundo y que pasa necesariamente por el cuestionamiento de ambos conceptos y su existencia, repensados desde el discurso de la postmodernidad.

III. Transnacionalidad y Posmodernismo
Con respecto a la categoría de lo posmoderno me interesa destacar aquí el hecho de que ésta se sugiere como una despedida de la modernidad y se representa a sí misma como un evento novedoso en la historia, como una nueva figura de representación de esa historia y en ese sentido, esgrimirá una crítica al pensamiento erigido en la sociedad occidental y catalogado como el pensamiento moderno, que obedece a un progresivo desarrollo, desde el cual se puede pensar el cambio de una sociedad tradicional o primitiva a una moderna, caracterizada por un pensamiento racional y donde la idea de progreso es central. Con riesgo de ser simplista, podemos observar como es que estas nociones, junto con la de estabilidad y continuidad están presentes en la noción de cultura y de nación, tal como hemos visto antes.
Así que, este momento histórico se nos aparece representado en una serie de profundas transformaciones políticas, económicas, sociales y discursivas, donde resalta la idea de la fragmentación de los estados, idea que ha llevado en el campo de la antropología y de los estudios culturales a la elaboración de un discurso y un campo de análisis que, o bien asumen o bien toman distancia de la “experiencia posmoderna”. Revisemos a algunos de ellos.
Fredric Jameson (1991) sostiene que vivimos en una condición de capitalismo tardío, en cuya etapa se genera, en el espacio de la cultura, el posmodernismo. Bajo el cual asistimos a una mutación del espacio urbano, transformado ahora en un hiperespacio moderno que consigue trascender la capacidad de los sujetos para organizar perceptivamente el espacio y representarse en el mundo exterior. Rasgos presentes en objetos culturales como el arte y la arquitectura, pero también en la psicología de esos mismos sujetos que anula la posibilidad de unificar el pasado, presente y el futuro de experiencia propia. Sugiere una posible manera de remontarlo a través de un nuevo arte político que tendría que –conservando su objeto fundamental: el espacio mundial del capital multinacional- crear una ruptura con él, representándolo de una manera distinta. Su propuesta parte de una conexión entre el momento histórico, el arte y la cultura; que lleva a tomar conciencia de la necesidad de la construcción de significados en espacios multinacionales.
Por otro lado, para Michael Kearney (1991) vivimos en un capitalismo trasnacional que se caracteriza por la incapacidad creciente de las economías periféricas para absorber el trabajo de su propia mano de obra, teniendo como resultado el flujo hacia las economías industrializadas siendo este uno de los principales elementos que diferencian la era trasnacional de la era moderna.
Este fenómeno implica además un desdibujamiento en las distinciones binarias de la cultura, sociales y epistemológicas de la era moderna; siendo entonces necesario también un replanteamiento del otro, sobre el que se realizaba el fundamento antropológico. Otro elemento más del trasnacionalismo es que el estado- nación es cuestionado en sus principios de unidad: cultural, lingüística y territorialmente, en tanto que la construcción de éste, es indispensable el nacionalismo, como el establecimiento de los límites.
En el mismo tenor, Ulf Hannerz (2001) plantea que bajo una condición real, donde las fronteras se extienden, difícilmente podrían considerarse las fronteras culturales.[6]
Y si bien, tal vez se podrían delimitar las fronteras sociales como pertenencia de una colectividad, hay más elementos políticos y económicos en la definición de un espacio físico, que motivaciones culturales. De este modo, la cultura, es más un flujo, distribuido diferencialmente entre personas que ocupan diversas funciones y espacios, donde la diversidad no desaparece, sino que no está establecida definitivamente y en la medida que los seres humanos cruzan las fronteras entre diferentes grupos, situacionalmente y a lo largo del tiempo, acumulan diversos conjuntos de experiencias, orientaciones, competencias y gustos.
En tanto que para Appadurai (1999) nos movemos en un espacio global en el que la mediación electrónica y las migraciones masivas crean un nuevo campo de fuerza para las relaciones sociales. En el borde de este orden global, el surgimiento de un gran número de fuerzas limitan el funcionamiento de la soberanía nacional, afirmando que si bien puede que la época del estado-nación no haya terminado aún, si ha dejado de ser el único elemento en el gobierno internacional y en el tráfico político trasnacional. Más la globalización no es sólo la denominación de una nueva época en el desarrollo del capital o en la biografía del Estado-Nación, está signada por un papel nuevo de la imaginación en la vida social.[7]
De lo dicho hasta aquí podemos observar que en términos generales existe una aceptación de la existencia de una profunda transformación en nuestra realidad, cuyas características según los autores revisados serían:
· Mayor y abierto flujo de personas, cosas, relaciones entre las naciones
· La fragmentación de las fronteras
· El debilitamiento del Estado-Nación
· La preeminencia de los medios de comunicación
· El enriquecimiento cultural y político en el contexto de una mayor interrelación político-cultural entre los sujetos, a escala global.
· La posibilidad desde la multinacionalidad del capital, de una resignificación del espacio y la creación de una conciencia cultural y política global.
Lo cual nos lleva a la cuestión de preguntarnos ¿corresponde a la modernidad la creación de los estados nacionales y a la posmodernidad, su fragmentación?, ¿cómo repensar ambos problemas desde la antropología? Si bien lo que podemos decir es breve, si me parece que en la medida en que la Antropología (como otras disciplinas sociales) o una parte importante de ella, estuvo fundada en la aceptación de la nación como condición altamente estimada del desarrollo, en su análisis del “otro” (comunidades exóticas, no siempre agrupadas culturalmente en torno a la nación) mantienen el principio de continuidad y significados culturales en bloque, nociones criticadas desde la globalización y por el posmodernismo. Ante ello, pareciera entonces que la tarea de la antropología será la de replantearse conceptos centrales como la nación, el espacio, la cultura y las relaciones políticas, pero ¿es acaso desde el referente de la novedad o del “fin de la historia” como sostiene el discurso posmoderno? o bien como elementos que tienen un largo proceso histórico y cuya lógica esencial sigue estando directamente conectada a la persistencia de un sistema sociopolítico y económico que ha pugnado por la homogenización y estandarización de los sujetos y la cultura a través de la educación como afirma Gellner, pero también como insinúan él mismo y Anderson, mediante la destrucción y refuncionalización de las culturas tradicionales.

IV. Consideraciones finales
Atendiendo a la definición de Anderson, sobre la nación como una comunidad imaginada, nos vemos tentados a pensar que el estado-nación tiene una existencia real sólo en un sentido territorial y político, pero que reconstruye las relaciones sociales y simbólicas de los sujetos bajo la circunstancia de una necesidad, especialmente ahora, más psicológica que objetiva, toda vez que la percepción de contingencia y vínculo genético parecen exacerbar el sufrimiento humano. En tanto que bajo la consideración de su debilidad (de los estados nacionales) y por tanto en el replanteamiento de las fronteras territoriales y culturales, juega un papel determinante la imaginación, con lo cual estaríamos acercándonos a Appadurai pero desde la perspectiva contraria, pues éste afirma que si bien los estados-nacionales no han desaparecido sí han dejado de ser el único referente en la organización política global y que en este contexto, la imaginación ayudaría a la resignificación cultural.

Vistas las cosas de esta manera, un cambio importante estará gestándose desde la cultura, siendo ésta quien estaría en mejor posición para develar las explicaciones sobre las tendencias hacia las que vamos y de las cuales se podrían deducir acciones para organizar de mejor manera la vida social.

Más si consideramos al estado-nación como una organización social, producto de la sociedad industrial, como sostiene Gellner, estaremos considerando algunas líneas coincidentes y de continuidad entre aquellos que caracterizan a la actual etapa como una etapa postindustrial, donde por tanto, éstos (estados-nación) han sido rebasados pues lo necesario a dicha etapa no son los estados nacionales sino el espacio trasnacional. De modo que por ahí, la posibilidad de desestructurar el nacionalismo provendría más de esta condición económico-material que del espacio de la cultura. En la que por supuesto, siguiendo el argumento de Gellner, el sistema educativo debería estar dirigido a dicho propósito.

Mientras que si nos ubicamos en el punto en el que tanto Gellner, como Hannerz y Appadurai coinciden y es que el establecimiento de las fronteras y los límites territoriales, recordando a Kearney, obedecen a factores que no corresponden a necesidades de carácter cultural y que en este ámbito, el de la cultura, no es posible definir fronteras, plantearía que nos encontramos frente a un momento decisivo para la vida de los sujetos y que ofrece más elementos positivos que los que trajo consigo el nacionalismo y que estarían dados por el hecho de que el resquebrajamiento de los estados nacionales, con toda la carga de desencanto que ello ha implicado abre la posibilidad para la creación como se señala antes no sólo de la creación de una conciencia cultural y política global, sino en ese sentido un verdadero reconocimiento a la heterogeneidad cultural y al enriquecimiento que ésta aporta a la experiencia objetiva y subjetiva, humana.

Así las cosas ¿qué es válido agregar a la conceptualización de la nación y del nacionalismo?

Si bien coincido con Gellner en que el estado-nación sólo puede ser posible ahí donde la sociedad se organiza bajo una división del trabajo que obedece a un proceso de industrialización, así como que la estandarización de la cultura y el principio de igualdad social no provienen, el uno sólo de la educación y el otro no significa disminución de las diferencias sociales. En todo caso me parece que el proceso bajo el cual se asienta el nacionalismo opera con una lógica contradictoria: si bien la educación juega un papel de reforzamiento de la estandarización cultural en las sociedades contemporáneas, también aporta beneficios en cuanto al desarrollo científico, cuyos resultados se traducen en una mayor y mejor comprensión de la realidad, así como en la posibilidad de un mejoramiento de las condiciones de vida de la población por la producción de una riqueza mayor no registrada hasta ahora en la historia humana, aún y cuando por la naturaleza del actual sistema económico, esto se mantenga por ahora sólo en el nivel de la posibilidad. Y por ello vale recordar a Carl Sagan (2002) cuando declara que cualquier intento de elaboración teórica no es una pérdida de tiempo, toda vez que contribuye en una u otra forma al desarrollo del conocimiento.

En el mismo sentido (sobre la estandarización de la cultura) a la relación que Anderson establece entre la imprenta y el mercado, considero que por lo menos en cuanto a un mecanismo de nuestras sociedades donde el mercado capitalista ocupa un lugar tan importante (y en muchos sentidos determinante) la necesidad creciente de mercados, como producto de una también creciente producción, acelerada a partir de la Revolución Industrial, lleva a las empresas a internacionalizarse, pero también a producir ciertos hábitos de consumo culturales que se expresan en la comida, en la ropa, en el arte, que como vimos tuvo efectos positivos, pues puso al alcance de grandes masas de la población el acceso a las ideas escritas, pero que en última instancia provocan una transformación en los sujetos no siempre con los mismos resultados: la desaparición de pautas de consumo más sanas, la alteración material de los objetos de consumo; la determinación indirecta de los objetos de consumo cultural, por ejemplo en el cine en México por la difusión de películas norteamericanas en un mayor nivel que las de otros países y que no es siempre por calidad. Todo ello como tentativa de estandarización.

El hecho de que el nacimiento de los estados-nacionales conllevara la formulación de principios de igualdad, justicia, libertad y propiedad (principios resultantes del Contrato Social roussoniano) no ha significado necesariamente su concreción. Más bien, considero que presente más ventajas una relación económica signada por figuras jurídicas iguales y libres: la relación trabajo-capital. Iguales, pues sólo entre ellos puede establecerse una relación laboral, validada social y legalmente. Libres porque a diferencia del esclavismo, el sujeto trabajador es responsable de su producción y reproducción material, hecho que es altamente conveniente a una figura económica cuyo desarrollo está fundado en una minimización de los costos y maximización del beneficio, y cuyo pivote central es la extracción de trabajo excedente. De este modo la igualdad, opera sobre una base meramente formal y oculta la condición de desigualdad bajo la cual se funda el capitalismo, sistema en el que se gestan los estados nacionales.

Finalmente, ¿estamos o no ante una fase de debilitamiento de los estados-nacionales? Desde mi punto de vista, la idea de los estados nacionales fuertes y proveedores, con su contraparte ideológica y cultural, estuvo centrado más en un discurso oficial, particularmente en la época del estado benefactor, así como también ha estado presente en la construcción del discurso que ha acompañado su existencia y que como dice Gellner, nos ha dejado la idea de que el nacionalismo es el despertar y la confirmación de estas unidades míticas supuestamente naturales, más que una realidad construida social y culturalmente y por tanto, observable como hecho histórico, pero que proporcionaron contenido intelectual e ideológico a un sistema económico basado en la explotación y usado sistemáticamente para legalizarlo.

Por ello si bien cuestiono la idea de que vivimos en una etapa posmoderna, sobre todo cuando se ha acompañado con la tesis del “fin de la historia” pues lo que con ello se indica es que hemos alcanzado como humanidad la más alta fase de desarrollo y por tanto la última, si me parece que el momento actual, con todo y sus violentas contradicciones, ofrece mayores posibilidades de desarrollo social y cultural, donde la crítica a los nacionalismos –por la ideología del crimen que los ha acompañado- pero también de reconocimiento de que a su interior y bajo su bandera se han desarrollado luchas populares honestas, se torna urgente e importante, especialmente en la revelación de otras verdades que nos permitan relacionarnos de una forma más humana y libertaria desde la experiencia inmediata con el otro, que desestructure el discurso etnocéntrico y profundamente diferenciador que ha estado presente en las Ciencias Sociales y que de una u otra manera ha tomado cuerpo en nuestros actos cotidianos y políticos.

Referencias bibliográficas
Anderson, Benedict; Comunidades imaginadas; FCE, México, 1993.
Appadurai, Arjun; La modernidad desbordada: dimensiones culturales de la globalización; Fondo de Cultura Económica, México, 1998.
Gellner, Ernest; Naciones y Nacionalismos, CONACULTA y Alianza Editorial, México 1991.
­­­­­­­­­­­­­­_____________ Cultura, identidad y política, Ed. Gedisa, España, 1998.
Hannerz Ulf, Conexiones trasnacionales, cultura, gente y lugares; Taurus, Madrid, 2001.
Jameson, Fredric; El Postmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado; Ed. Paidós, Barcelona 1991.
Kearney, Michael, Comunidades trasnacionales; versión electrónica, 1991.
Sagan, Carl, El mundo y sus demonios; Ed. Planeta, México, 2002.



* Profesora de la Universidad Pedagógica Nacional. Unidad 095 D.F. Azcapotzalco.
[1] “antes de la época de la imprenta, Roma ganaba fácilmente todas las guerras libradas en contra de la herejía en Europa Occidental porque siempre tenía mejores líneas de comunicación interna que sus enemigos. Pero en 1517, cuando Martín Lutero clavó sus tesis en las puertas de la catedral de Wittenberg, tales tesis estaban impresas en una traducción alemana, y en el término de 15 días (habían sido) vistas en todos los rincones del país. En los dos decenios de 1520 a 1540, se publicaron en alemán tres veces más libros que en el periodo de 1500 a 1520, lo que constituye una transformación asombrosa en la que Lucero ocupaba un lugar indiscutiblemente central. Sus obras representaban no menos de un tercio del total de los libros en idioma alemán vendidos entre 1518 y 1525. entre 1522 y 1546 apareció un total de 430 ediciones (totales o parciales) de sus traducciones bíblicas (…) Lucero se convirtió en el primer autor de éxito de librería hasta entonces conocido. O dicho de otro modo: el primer escritor que pudo vender sus libros nuevos por su sólo nombre” Anderson op. Cit. P 66.
[2] Gellner, op. Cit. P 62
[3] Como educación se refiere a ese conjunto de fundamentos que hace a un hombre competente para ocupar la mayoría de los puestos normales en una sociedad moderna y que le permite moverse con facilidad en este tipo de medio cultural. Ibíd. P. 119
[4] “El grado de alfabetización y competencia técnica que se exige como moneda corriente conceptual es un medio estándar a los miembros de esta sociedad para tener posibilidades reales de empleo para gozar de una ciudadanía honorable plena y efectiva es tan elevado que no puede ser proporcionado por unidades de parentesco o locales sólo lo puede hacer algo similar a un sistema educativo “nacional” moderno” Ibíd. p. 52.
[5] “Los constantes cambios ocupacionales reforzados por la relación de la mayoría de los trabajos con la comunicación y por la manipulación de significados más que de objetos propician cuando menos una cierta igualdad social o disminución de las diferencias sociales y la necesidad de un medio de comunicación estandarizado realmente común a todos. El igualitarismo moderno y el nacionalismo tienen su base en estos factores.” P. 146
[6] Consideración ya hecha por Gellner cuando afirma: “los factores que determinan las fronteras políticas son completamente distintos a aquellos que determinan las culturales”, op. Cit. P. 27
[7] “Ésta expresada con fuerza en las pautas de consumo, estilo y gustos ha dejado de ser un asunto individual, de escapismo de la vida cotidiana o simplemente una dimensión de la estética. Se trata de una facultad que interviene en la vida cotidiana de las personas normales de diversas maneras: es la facultad que permite a las personas considerar la emigración como remedio para resistir a la violencia del Estado, buscar compensaciones sociales y diseñar nuevas formas de asociación cívica y colaboración, a menudo más allá de las fronteras nacionales”