3 de enero de 2008

Profesor Abel Ramírez (Relato)

Fidel Silva Flores

Hace diez años llegué a la secundaria 174 en el turno matutino. El Director del Vespertino, Profr. Abel Ramírez me dijo: “Profesor Silva, bienvenido, sé que trabajaremos en equipo”. Me tendió la mano de amigo. Entendí que no estaría solo en la dirección matutina. Más adelante lo comprobé.

Una compañera de mi generación de la Normal Superior me pidió la apoyara para regresar al trabajo docente, su permiso artículo 43 se había prolongado por varios años. No conocía apoyo alguno para regresar a una buena escuela. Le recomendé visitara al profesor Abel. Al poco tiempo la maestra estaba trabajando en la escuela matutina. ¿Cómo hizo para ayudarla en tan poco tiempo y en la escuela que ella quería? Comprendí que me encontraba ante un hombre de poder que ayudaba a sus amigos. Nunca me preguntó si la había enviado; Jamás me dijo: me debes un favor. Así lo conocí.

Coincidimos muchas veces en la inspección ubicada en la secundaria 108; en las juntas mensuales y en Fray Servando, sede de la Coordinación Sectorial de Educación Secundaria. Mucha gente lo conocía y lo saludaba con afecto. Me decían: caminas con un amigo, hay pocos como él. Te brinda su confianza, no lo defraudes. Sé que me escucha, procuré no hacerlo. En el lugar donde nació, en el norte donde nací, “la palabra” se sostiene, en las buenas y en las malas.

Un compañero maestro, cuyo nombre no recuerdo, se acercó y me dijo “El Abel que tú conoces, comete errores, tiene los pies llenos de barro” intrigado, pregunté, “tú y yo ¿somos perfectos?” Reflexionó un poco. Me dijo, tienes razón. Guardó el papel que traía, compuso su semblante; se despidió de mano y se fue con sus compañeros; los tranquilizó.

Ayer falleció inesperadamente de un infarto, el Profesor Gildardo, director del turno matutino: Su esposa Toñita le dijo de frente y sin rodeos: deseo que despidas a mi esposo; él me lo pidió. “Me siento honrado al despedir a mi compañero de trabajo, contestó”. Al otro día, a las doce, en el cementerio dijo, “fue un sembrador de ideas y acciones positivas; fue un buen hombre que trabajó y murió al servicio de la educación…. Descanse en paz el maestro amigo”. Lo vi cansado, muy cansado. Me dijo, “adelante, la escuela nos espera”, a ella fuimos.

Hace poco llegó orgulloso en un automóvil de aspecto antiguo, como lo explicó posteriormente: de aspecto “retro”. Varios nos acercamos para que nos deleitara con la historia de su adquisición. Nos comentó: por las siglas en inglés, significa el crucero del pasado y el futuro. Una máquina que nos permite estar y conjugar los tres tiempos. Le comenté, le falta un sombrero acorde a su vehículo y en seguida se encasquetó una “cachucha” de cuero café; le quedaba perfecta, establecía el equilibrio perfecto entre el hombre y su máquina. Me comentó la historia de su adquisición: Andaba por un país de Europa gastando los ahorros que todo profesor prudente establece con sacrificios y cuando el camión se detuvo en una tienda que vendía artículos de piel, todos bajaron para verificar precio y calidad de los materiales; se probó la “gorra” señalada, entre otras muchas; se sintió a gusto. Como el tiempo de visita disminuía proporcionalmente, optó por acelerar sus compras y probarse otras prendas. Al terminar el tiempo establecido marchó presuroso y ligero, la cartera pesaba menos con los recuerdos para su familia. Al poco tiempo, montado en su asiento de turista, le comentaron lo bien que portaba la cachucha; comprobó sorprendido que en efecto la traía puesta y lo mejor del caso es que nadie le cobró nada porque los dependientes pensaron que le pertenecía. Al hablar con la Guía comprobó que había sido un obsequio de la tienda que tanto les había vendido y no era preciso regresar con el camión a pagarla. Ese regalo de un país de Europa lo lucía en tierras mexicanas en un vehículo de idea norteamericana fabricado en Canadá. La globalización existe.

Se presentó el maestro Hilario Director de la escuela nocturna a fines del año escolar, era la primera vez que lo hacía en tres años de trabajar en armonía; le ofrecí una taza de humeante café original, preparado por Olguita, la excelente secretaria matutina. La aceptó y juntos disfrutamos de nuestra sabrosa cafeína; a las siete treinta de la mañana se antoja. Platicamos del edificio que albergaba tres escuelas; de lo rápido que pasa el tiempo; de la vida. Al mencionar qué problema compartíamos o en qué podía ayudarlo me dijo, lo está haciendo. Seguimos platicando como viejos amigos, al poco tiempo tomó su sombrero, se despidió de mano y se fue. Preocupado me comuniqué con el profesor Abel Director del vespertino. Me contestó: “a mí también me visitó y nos tomamos, en el transcurso de la conversación, la taza de café respectiva. Algo tiene”.
Al regresar del receso escolar nos informaron, el Profesor Hilario falleció en días pasados. Se había despedido de sus compañeros de trabajo. Como dijo el Profesor Abel, murió con las botas de educador puestas.

Su esposa tenía un maravilloso oído, por más que intentaba cambiar la voz al intentar hablarle para localizar en la mañana al Profesor (trabajaba en la tarde) por asuntos de índole administrativa o académica, siempre me contestó con el afecto y palabra gentil de profesora. Nunca se presentó a la escuela a los eventos escolares. Siempre la invitamos. Ellos se dejaban vivir. Cuando era invitado a su fiesta de cumpleaños, (ella lo organizaba) se notaba el apoyo que mutuamente se brindaban. A veces los veía pasar juntos a desayunar en los Bisquets; disfrutaban sus tiempos. Posiblemente por eso al fallecer ella, al poco tiempo la acompañó. La necesitaba. Me comentaba uno de sus hijos que semanas antes habían viajado por Costa Rica en automóvil y que juntos formaban esa pareja que muchos quisiéramos formar.

Trabajamos ocho años en el mismo plantel. No es mucho tiempo pero sí el tiempo suficiente para conocer a un hombre de palabra. No existió problema alguno que no resolviéramos en equipo. Con su experiencia sindical y docente fomentó la cooperación entre ambos turnos. Sumamos los aciertos y restamos los errores.


Existieron alumnos que en el turno matutino no “encajaban”, no aplicaban su mejor esfuerzo en sus aprendizajes como lo hacía la mayoría; sus padres nos pedían apoyo. El profesor Abel me dijo: “mándamelos, hay un lugar para ellos en el vespertino”. La escuela matutina tuvo un gran renombre en esa época por obtener excelentes resultados en los concursos y evaluaciones. Gracias a que esos niños, con problemas de conducta y aprendizajes, se encontraban apoyados por el vespertino, nos dedicamos a ganar concursos y a dar lo mejor en nuestra escuela de calidad certificada. Nunca le agradecí su apoyo indirecto. Se que lo sabía, pero debí decírselo.

“Somos dependientes de nuestros vicios; cuando somos jóvenes y queremos ser hombres fumamos cigarros y probamos la copa; cuando somos viejos, ser hombres significa olvidarlos. Espero haber dejado el cigarro a tiempo; “enferma los pulmones” me dijo; le contesté, la carne roja mata el corazón, le expliqué. Ambos nos vimos como mortales.

La escuela 174 cumplió 30 años de ser fundada, se trabajó en ambos turnos para lograr los mejores resultados. Se invitó al Director fundador que aún vivía, a los antiguos docentes, a los alumnos egresados, en fin, sería largo enumerar todas las actividades que se desarrollan en torno a un festejo de esta magnitud. Fue un día maravilloso los tres directores de los tres turnos de la escuela presentes, el fundador, los maestros, los alumnos, los padres de familia etc., se encontraban ahí. Al profesor Abel lo recuerdo feliz y contento. Estaba en su elemento compartiendo su tiempo y su vida con los presentes y recordando a los ausentes. A la placa conmemorativa, actividad matutina, olvidé anotarle los nombres de los directivos, pero él dijo, con la voz del amigo que nunca olvida, trabajamos con gusto porque nos gusta nuestra profesión. Era cierto. Es cierto.

Ayer nos presentamos a un evento. Se nos dijo que los alumnos de nuestras escuelas no ofrecían su máximo rendimiento por culpa de los directivos; Varios nos sentimos mal. El profesor en confidencia me dijo: ellos no estarán mañana, como no estuvieron ayer; no son maestros de carrera; en cambio nosotros seguiremos trabajando por la educación, en las trincheras educativas. Me levantó.

Decía que los oficios se heredan. Su padre fue maestro y mostraba con orgullo de hijo el grado académico de su progenitor. Sus hijos, profesores, por supuesto, también muestran con orgullo los reconocimientos académicos de sus padres; generaciones de maestros al servicio de la educación.

Le gustaba bromear, un día le dijo al Profesor Gustavo V. que trabajábamos en la escuela de los directores muertos ya que todos los anteriores habían fallecido, y la línea de muerte podría apuntar para alguien sentado en la silla de la dirección en cualquiera de los tres turnos. Le preguntó, “¿Le intimida la muerte? No, pero me gusta la vida; fue su respuesta.

Un día me equivoqué en el trato con un amigo docente; el profesor se enteró y me dijo: es difícil hacer y conservar compañeros de trabajo; es fácil convertirlos en “contreras”; un buen director es aquel que controla su temperamento; Me aconsejó de igual a igual. Me sugirió, haz las paces, vale la penar reconocer los errores. Lo hice. A la fecha nos saludamos dos maestros de la vida como viejos amigos. No está por demás escuchar las voces expertas.

Cierto día, cuando yo estaba en la secundaria 300 como director, varios compañeros que no compartían mi visión del trabajo escolar, me visitaron para ver que “armas educativas portaba”; al mencionar que era un trabajo de equipo en donde la zona trabajaba en torno a misiones y visiones específicas, se tranquilizaron; cuando comenté que el Profesor Abel estaba a cargo del trabajo sindical y que me honraba en considerarme su amigo, me dijeron de inmediato, “estamos con usted, ¿qué nos corresponde hacer?” Magia establecida a distancia.

“Me voy, es el momento y la hora, demos el paso a los jóvenes en el arte educativo, Nosotros cuando llegamos suplimos, nos toca ser remplazados.” Estaba contento, estaba triste; todo al mismo tiempo. La jubilación es el derecho a entrar en otras actividades. Otro espacio se abre. Se despidió contento. El día era luminoso.

Al ser nombrados por los profesores de nuestras escuelas como delegados al Congreso Sindical, nos correspondió asistir a la Puerta del Sol para colaborar en el siguiente nivel de elección. Estaba en su elemento, hablaba, concertaba, negociaba. A las tres de la mañana se encontraba dialogando con sus pares fresco y sonriente como una actividad más en su trabajo. Sabía lo que hacía. Fueron cinco días con desvelos y con frío. Fue electo para un cargo representativo en la siguiente planilla.

Un día platicamos en grupo acerca de la vida y obras de Benito Juárez y coincidimos en lo general, salvo por puntos menores en lo particular, con el Doctor en Pedagogía Abel Ramírez; del grupo de compañeros presentes, ese científico de la escuela que no cree en signos zodiacales, dijo en voz alta, qué chiste los tres son del signo Aries. El domingo de esa semana de marzo su esposa le festejaba su cumpleaños; en mi caso tres días después. Coincidencias de la vida.

Ayer acudí a su entierro, le agradecí en silencio su apoyo y confianza. Fue el momento en donde sus compañeros maestros y amigos, con respeto y energía exclamamos “¡Lux Pax Vis, Lux Pax Vis, Luz Pax Vis, Normal, Normal, Gloria!” Nuestra porra de jóvenes y viejos guerreros normalistas; era su despedida, físicamente ya no acompañaría a los amigos. A la fecha me preguntan jóvenes y viejos camaradas, cómo se porta el “Millones” les contesto de inmediato, está y está bien. Me recomiendan, “dale nuestros saludos fraternos”. Son decenas de ellos; ahora que lo vea le comentaré, aun cuando sé que lo está viendo con su cara de pícaro maestro, que sigue vigente su espíritu de maestro.

Un reconocimiento al maestro que vivió y dejó vivir de la mejor manera.
Hace falta, mucha falta. Tenía derecho a descansar en el cielo que eligió. Lo hizo.
Allá nos vemos. Espero me reciba como lo hizo en la 174.